Ni creo que sea el buitre cultural que algunos consideran que es, ni tampoco creo que sea la mayor genia de la historia de la música en español. Creo que es una chica con bastante talento, que ha estudiado mucho y que se ha sabido rodear muy bien.
En mi opinión, su principal mérito es que se ha construido una carrera de forma muy inteligente, a la par que oportunista, y a base de pico y pala. Esto, por lo menos, era hasta el viernes pasado, que fui a acompañar a mi novia en su tercer concierto en Madrid (De Rosalía, no de mi novia. Mi novia no canta y menos da conciertos).
Llegamos como una hora antes de la apertura de puertas. La explanada del Movistar Arena estaba hasta arriba, como siempre. La televisión me había asustado, como a una abuela, y pensaba que iba a ser el único heterosexual que no iba a ir vestido de Virgen María, pero no. El ambiente era mucho más cercano al aquelarre de Taylor Swift en el Bernabéu que a cualquier concierto de modernos del centro de Madrid. Desde grupos de señoras en edad de trabajar en recursos humanos vestidas de monjas, a chavales “Casa Pepa” vendiendo diferentes artesanías, dignas de un estudiante de magisterio infantil, a lo largo de la cola.
Su principal mérito es que se ha construido una carrera de forma muy inteligente
Me llamaron la atención especialmente 2 chicas que no tenían ni entrada ni nada, simplemente iban vendiendo llaveros y hablaban a la vez, como las gemelas del resplandor. Me gustaría destacar que las únicas personas con merchan oficial del concierto eran las señoras, lo cual habla muy mal de los precios de este tipo de productos y de la economía de los jóvenes españoles, que antes pueden comprarse un vestido de un matrimonio fallido en Vinted que una camiseta del LUX Tour.
Pasada la cola inicial entramos a la pista y, tras dos horas de espera con una madre murciana detrás que aprovechó para hacer videollamada a todo el santo pueblo de Totana, Ilia Topuria llegó al palco. ¿Te pensabas que te iba a decir que “la Rosi” salió al escenario? Pues no, pasados 20 minutos más, ya sí que se abrieron las puertas del lienzo gigante que tapaba el escenario y Rosalía salió escondida en una caja, con la cara de una muñeca de porcelana de los años 50 y vestida como una bailarina de ballet que fuma entre clases.
El concierto se estructura en cuatro actos y un “encore” o, como se dice en España, un “¡otra, otra!”, pero sin necesidad de que lo gritaran. Desde la primera canción, te deja más o menos claro que te estás enfrentando a un animal distinto. Su voz es espectacular, perfecta, y la forma que tiene de mantenerse en personaje y cambiar de energía durante todo el concierto y dependiendo de la canción es como para darle el papel de Vin Diesel en “A todo gas” (actuación de método, emoción y calidad como pocas). Al “acting” se le une que la realización por las pantallas es muy cinematográfica.
Desde la primera canción, te deja más o menos claro que te estás enfrentando a un animal distinto
Los tiros de cámara, en conjunción con las poses en las que rematan los movimientos los bailarines y el vestuario crean una atmósfera barroca que te hace sentir entre en un teatro y un museo. Abre con los tres primeros temas del disco, que sirven como presentación, y remata el acto inicial con “Mio Cristo piange diamante”. De verdad y sin querer sonar tópico, me hizo sentir cosas; Cosas que nada más me ha hecho sentir ver jugar al fútbol a Karim Benzema o fumar a un camionero (yo es que soy de sensibilidades finas, ¿sabes?).
El segundo acto comienza con Berghain y un cambio de vestuario que te hace pasar del ambiente angelical y de muñeca a una especie de iteración del infierno en la que suena música de club. Rosalía aprovecha para girar la energía del estadio y quitarse de encima todas las canciones de discoteca que sacó en Motomami.
Tras hacer las delicias de la charcha y meterse en el bolsillo a la cancha entera, comienza una bacanal performática de la cual ya tengo hasta los recuerdos borrosos. El nivel de la presentación es tal que en cierto punto me dije a mi mismo: “siento que no he pagado suficiente por esto, le debo dinero a esta chica”. De hecho, me dejé tanto ir, que me escuché decir: ¡AYYYYYYYYY, AITANA AL CONFESIONARIO!
“siento que no he pagado suficiente por esto, le debo dinero a esta chica”
Fue entonces cuando entendí el valor de Rosalía como artista. Lo más llamativo de su obra no es la música en sí, si no la forma que tiene de presentarla al mundo. En la pista, previo al concierto, se escuchaba a la gente hablar del show de Motomami y, al parecer, no era peor que este, era de la misma calidad Deluxe, simplemente distinto (voy a poner de moda la terminología McDonalds en la reviews).
Ahí que descubrí la gran cualidad Rosalía, cualidad casi de atleta, el factor CR7 de “la Rosi”, porque ese show no se había construido a base de talento, se había construido a base de pico y pala, de haber trabajado hasta que todo estuviera perfecto, de haberlo hecho mil veces a puerta cerrada hasta que estuviera perfectamente refinado, y eso para mí tiene mucho más valor que cualquier disco o cualquier canción. En un mundo en el que hacer música está hiperdemocratizado, lo que separa a los artistas son cosas como estas, que además solo se pueden construir sobre una carrera ya larga y que habilite en lo que a recursos se refiere.
Rosalía es muy buena, pero más que buena es trabajadora, trabajadora de cojones, y eso mola. Tirarse cantando dos horas y media al día, sin un fallo, durante una semana seguida, con un show que deja de obra de teatro de colegio a el resto que ha habido en ese estadio en todo el año, es de animal competitivo y eso no es para dar lo mismo.
