Mar Manrique: "Internet parece democrático pero es un espejismo"

La periodista Mar Manrique presenta su primer libro Un trabajo soñado, el desencanto de una generación que quiso vivir de internet

24 marzo 2026 ·
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Foto vía Mar Manrique

Hubo un tiempo en el que estar en Internet significaba mandarnos mensajes con nuestros amigos por el messenger, jugar a minijuegos online, ver vídeos en YouTube y entrar en Tuenti a ver en qué foto nos habían etiquetado. Pero, sin casi darnos cuenta, internet cambió para siempre.

Antes, muy poca gente podía hacer dinero de internet, y quienes estaban tampoco se lo tomaban muy en serio. Como dice Mar Manrique en su primer libro, Un trabajo soñado, el desencanto de una generación que quiso vivir de internet, “en 2006, internet estaba lleno de mirones: el 90 por ciento echaba un ojo y el 10 por ciento realmente publicaba”.

Hoy en día somos conscientes de que esas cifras se han quedado totalmente obsoletas y que “quienes antes mirábamos, hoy tenemos el potencial de ser mirados, y ese ojo invisible puede ser el de cualquiera: un reclutador, la persona que nos gusta, un archienemigo o nuestro jefe”.

Internet ya no es el lugar al que acudíamos al llegar a casa y encender el ordenador; ahora es el lugar que nos acompaña a todas partes y del que buscamos sacar beneficio constantemente.

Para ordenar de alguna manera toda esta saturación y saber a qué nos enfrentamos, Mar Manrique ha trabajado este ensayo no desde una perspectiva blanco-negro o negativa-positiva, sino desde toda esa amplia escala de grises, para que, si estás pensando en dedicar tu vida a estar presente online, lo hagas sabiendo todo lo que hay detrás.

Mientras leía el libro no paraba de acordarme de La sociedad del cansancio. Y luego vi que efectivamente lo citas. Ahí precisamente Byung-Chul Han pensaba mucho en esa idea de que ahora el explotador y el explotado son la misma persona, que somos nuestro propio látigo. ¿Cómo convives con eso ahora que eres consciente de todo esto?

Es muy complicado. Y justamente si adquirir esa conciencia ha sido gracias a escribir este libro. Antes estaba metida de lleno en dinámicas de autoexigencia, de no desconectar nunca de la tecnología, de mirar el correo a las nueve de la noche, de volver de una boda y revisar si tenía algo pendiente. Recuerdo incluso contarlo en un podcast y sentir vergüenza ajena al reconocerlo, porque era una workaholic total.

Escribir el libro me ha ayudado a tomar conciencia y también a hacer un poco las paces con este modelo. Yo había asumido que esta era mi única puerta para abrirme oportunidades en el periodismo. Entender el sistema por lo que es me ha permitido decir, vale, este es el marco en el que nos movemos.

También me ha hecho cambiar algunas cosas. Antes, cuando iba a hablar con estudiantes de periodismo, les decía “crea un proyecto propio”. Ahora intento matizar mucho más. Porque sí, yo paso por el aro de estas dinámicas, pero también porque disfruto trabajando. Disfruto siendo productiva, ideando, creando, escribiendo. Y creo que eso también está bien decirlo. El problema es cuando esa pasión se mezcla con un sistema que lo absorbe todo.

Por eso ahora aconsejo algo distinto: observa el sistema, mira qué te está demandando realmente y escoge activamente si quieres pasar por el aro o no.

En el libro aparece mucho esa contradicción entre querer estar en redes para abrirte oportunidades y al mismo tiempo no querer exponerte. También hablas de muchas creadoras que, después de años vendiendo su imagen, lo que buscan es acumular capital para poder desaparecer un poco. ¿Crees que en el periodismo también existe esa aspiración?

Sí, creo que hay gente que lo consigue. Hay periodistas que construyen una marca personal fuerte, consiguen un reconocimiento sólido y después pueden decidir cuándo dar la cara y cuándo no. Pero para llegar ahí primero hay que haber roto cierto techo y haber conseguido una estabilidad que la mayoría de perfiles jóvenes todavía no tenemos.

Yo, de hecho, estaba muy cómoda en el anonimato. Cuando empecé con la newsletter tenía una foto en la que apenas se me veía la cara y eso me gustaba porque era como: yo observaba, pero nadie me observaba a mí. Desde que empecé con el podcast eso ha cambiado completamente. Ahora soy mucho más autoconsciente de mi imagen, de mis gestos, de cómo aparezco, y eso me genera inquietud.

Creo que ahora mismo, en el sistema en el que estamos, la cara es una variable más del éxito. Lo estamos viendo también en periodistas que, además de trabajar en medios tradicionales, crean sus propios perfiles para comentar actualidad, divulgar o construir comunidad. El sistema te empuja a buscar visibilidad constante para seguir generando reconocimiento y oportunidades.

“El sistema te empuja a buscar visibilidad constante para seguir generando reconocimiento y oportunidades”

También tocas el tema del deseo, de la mirada y de cómo al mostrarnos tanto aparece una necesidad nueva de validación. ¿Ha cambiado tu relación con eso desde que estás más expuesta?

Cien por cien. Antes la gente me conocía sobre todo por lo que escribía, por un tono, por una voz. Ahora se me puede conocer por muchas más cosas: por cómo hablo, cómo reacciono, cómo me muestro. Y eso hace que una esté mucho más expuesta a la crítica.

Además, el libro me ha sacado de una comunidad muy concreta de lectores que me trataba con mucho cariño. Nunca había recibido prácticamente críticas. Ahora estoy en otro lugar, más abierto, más expuesto, y claro que eso activa el deseo de validación. También porque yo misma participo de esas dinámicas, leo reseñas, miro puntuaciones, observo cómo se reciben los trabajos de los demás. Creo que es bastante inevitable, cuanto más nos exponemos, más validación queremos.

Pero también me interesa que haya debate. Me gusta que el libro se discuta, que alguien me diga que no está de acuerdo con una idea o que una teoría le convence menos que otra. Internet cambia todo el rato, y el libro también nace de esa urgencia por intentar atrapar algo de este momento antes de que se convierta en otra cosa.

Y hablando de tu relación con el periodismo, ¿Crees que ya no hay vuelta atrás para el él? Da la sensación de que el periodismo que funciona ahora es el que más se acerca al entretenimiento.

Yo creo que hay luces y sombras. Sí pienso que sigue habiendo espacio para un periodismo más pausado, pero ahora muchas veces todo pasa por el filtro del yo. Yo misma lo hago. Cuento las cosas desde mi mirada, y eso hace que el formato también resulte más entretenido.

No creo que lo pausado y lo entretenido estén reñidos. Depende de qué entendamos por entretenimiento. Se puede hacer algo reposado, profundo y a la vez atractivo. De hecho, me interesa mucho ver formatos que mezclan ambas cosas.

Lo que sí creo es que a veces en el periodismo hay una cierta resistencia a aceptar que la forma de comunicar cambia. Y cambia porque cambian los canales, cambian las audiencias y cambian también nuestras formas de relacionarnos con la información. Ojalá, cuando me toque estar en otro lugar profesional, no mire con recelo a la gente que venga detrás. Seguramente tenga mucho que aprender de ellos.

“Ojalá, cuando me toque estar en otro lugar profesional, no mire con recelo a la gente que venga detrás. Seguramente tenga mucho que aprender de ellos”

Con este panorama de saturación, algoritmos opacos y una sensación de que todo depende de factores que no controlamos, ¿vale la pena empezar?

Yo no quería escribir un libro pesimista ni desanimar a nadie. Si alguien tiene ganas, vocación, curiosidad y algo que decir, claro que merece la pena intentarlo. Pero hay que hacerlo sabiendo dónde te metes.

Internet parece democrático, pero también es un espejismo. No siempre gana la persona más talentosa ni la más constante. Hay muchísimo azar, muchísima opacidad y mucha frustración. Ves a gente brillante que deja proyectos buenísimos porque no consigue el retorno que esperaba.

Aun así, si sientes ese impulso, yo no te diría que no lo hagas. Te diría: hazlo con conciencia. Entiende el campo de juego y luego decide si quieres estar ahí.

“Internet parece democrático, pero también es un espejismo. No siempre gana la persona más talentosa ni la más constante. Hay muchísimo azar, muchísima opacidad y mucha frustración. Ves a gente brillante que deja proyectos buenísimos porque no consigue el retorno que esperaba”

Nuestra generación creció con internet y por eso siempre nos ha salido muy natural compartir nuestra vida o usar las redes porque siempre lo hacíamos aunque nos dé pereza. Pero ahora hay muchos adolescentes que se comunican de otra manera, con perfiles vacíos, sin fotos, sin publicaciones. ¿Cómo imaginas su relación futura con la marca personal si parece que no publican precisamente por no alimentar esa rueda?

No lo sé con certeza, pero creo que, si el sistema sigue funcionando así, en algún momento también tendrán que entrar. Ahora usan las redes sobre todo como herramienta social, como las usábamos nosotros antes. Pero cuando entren en el mercado laboral pasarán a ser también una herramienta de trabajo.

Probablemente entonces cambie su relación con ellas. Igual que ahora no publican nada, pero en algún momento tendrán que empezar a pensar cómo presentarse profesionalmente.

Y al mismo tiempo conviven dos cosas, adolescentes que no quieren mostrarse nada y otros que ya dicen que quieren ser creadores o streamers. No hay una única forma de relacionarse con todo esto.

Da la sensación de que esta lógica se está extendiendo a todo, que cualquier oficio puede acabar convirtiéndose en contenido. ¿Cómo lo ves?

Sí, y eso abre muchas preguntas. En perfiles creativos creo que la marca personal ya es casi inevitable. Pero en otras profesiones depende muchísimo. Hay gente que decide dar ese paso porque le compensa y otras para las que no tiene sentido.

Lo inquietante es pensar que, en algunos casos, incluso no hacer contenido puede acabar teniendo consecuencias laborales. Y eso nos obliga a preguntarnos hasta qué punto estamos ampliando el trabajo o directamente transformándolo en otra cosa.

Hacia el final del libro te haces una pregunta clave: ¿de qué manera podemos convertir el trabajo creativo en algo esperanzador?

Estoy en ello. Creo que este libro me ha ayudado a hacer las paces con el sistema. Yo sigo disfrutando de crear, de pensar, de hacer muchas cosas, pero también sé que en algún momento querré tranquilidad. Y no quiero sentirme culpable por escogerla cuando llegue ese momento.

Lo que más me preocupa es que muchas veces se pone la culpa en el individuo, como si todo dependiera de nuestra capacidad para desconectar o poner límites. Pero no es solo una cuestión individual. Hay un sistema, un marco, una estructura que nos empuja constantemente a ciertas dinámicas.

Nadie debería estar mirando correos a las nueve de la noche. Nadie debería sentir que todo es urgente. Y, sin embargo, muchos trabajos están organizados de forma que eso parece normal.

Para que podamos seguir soñando con estos trabajos en internet, el sistema también tiene que acompañarnos para que podamos seguir disfrutándolos.

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