Imagina un sábado por la mañana cualquiera en tu sofá: tu novio, tu gato, un piso que hace unos meses parecía inalcanzable y una resaca que te tiene el cerebro palpitando porque anoche decidisteis cenar cerveza, pero que al final resulte no ser resaca, sino que te estás muriendo. Así empieza Oxígeno, el libro en el que Marta Jiménez Serrano narra lo que pasa cuando eres consciente de que la vida se te puede parar en cualquier momento.
Pero esta no es una historia de superación. Es la crónica de algo absurdo, injusto y profundamente cotidiano: una intoxicación por monóxido de carbono provocada por una caldera mal revisada y, sobre todo, por la dejadez estructural a la que están expuestos la mayoría de inquilinos en España: una casera que no quiere encargarse de nada. Ni de que te mantengas con vida.
Marta Jiménez Serrano llevaba apenas unos días celebrando que por fin iba a publicar Los nombres propios, una novela que consiguió que miles de chicas se sintieran profundamente acompañadas y abrazaran a la niña que fueron. Esperaba que aquel debut literario cambiara su vida. Poder dejar su trabajo de oficina para dedicarse a escribir. Oxígeno nace de un episodio que la autora nunca quiso convertir en libro. Porque hay experiencias que no piden ser escritas, sino que las olvidemos lo más rápido posible. Porque durante el momento clave de la historia, ella no estaba consciente. Y, sin narradora, no hay historia.
Quizá lo más perturbador es eso: que la muerte no sea algo significativo. Que no haya una forma concreta de morirse
Una de las ideas más potentes de Oxígeno es su paradoja central: para que exista un relato, alguien tiene que estar consciente para contarlo. Pero aquí la narradora se está muriendo. Morirse una mañana cualquiera por culpa de una negligencia ajena no tiene explicación posible. ¿Cómo narrar lo que no responde a ninguna estructura narrativa? ¿Cómo escribir cuando el cuerpo, que debería sostener la voz, está inconsciente en el suelo de un baño? Y entonces surge una reflexión sobre Dios, el sentido y la narración: quizá lo que nos tranquiliza no es que la vida tenga significado, sino la ilusión de que siempre habrá alguien contando la historia. Hasta que no lo hay.
Quizá Jiménez Serrano actúa como una especie de mesías tranquilizadora para todas las hipocondríacas que tenemos miedo a la muerte. Igual no deberíamos estar destripando tanto el libro, pero en sus páginas se encuentra una especie de consuelo terrenal que invita a hacerse un poco más de caso a una misma y dejar de pensar que también dependemos de otros, ¿de Dios? para morir, cuando solo te vas a encontrar contigo misma en esa situación. Vivir se convierte en algo raro, casi impropio. Y en ese estado aparece una referencia constante, a Lo raro es vivir de Carmen Martín Gaite. Porque si eres una chica hipocondríaca —o muy overthinker— es probable que alguna vez hayas llegado a la misma conclusión: morirse entra dentro de lo lógico; lo inexplicable es que sigamos aquí, tranquilamente.
Puede que Oxígeno también vaya de hacerse mayor
El libro también está atravesado por una cuestión que lo sostiene todo: la vivienda. Vivir durante años en pisos que nunca terminan de ser tuyos, no poder hacer un pequeño agujero en la pared para colgar una diminuta foto, pagar más de mil euros al mes por una casa en la que no decides nada (ni seguir viva). Construir lo que pretendes que sea un hogar con la sensación constante de que es provisional, de que depende del capricho de alguien que no quiere ocuparse de nada.
Jiménez Serrano reflexiona también sobre esa comparación inevitable entre generaciones: abuelas que vivieron toda su vida en la misma casa frente a nosotras, que antes de los treinta ya hemos pasado por una decena de (normalmente) infraviviendas. La intoxicación por monóxido de carbono ocurre en un sistema que normaliza la precariedad, la resignación y la indefensión del inquilino. El miedo no es solo morirse; es darte cuenta de que nadie va a responder por ti si pasa.
Oxígeno habla del dolor físico, pero también del psicológico. El trauma, si no se cuantifica, parece que no existe, pero, ¿cómo se vive después de haber estado a punto de desaparecer? ¿cómo se siente morirse?
Hay un momento clave: una mujer de treinta años tirada en el suelo de su baño, sin sentir la mandíbula, sin llorar. Morirse no se parece a nada de lo que nos han contado. Y quizá lo más perturbador del libro es eso: que la muerte no sea algo significativo. Que no haya una forma concreta de morirse.
Puede que Oxígeno también vaya de hacerse mayor. De esa etapa en la que crees tener la vida más o menos resuelta: un grupo de amigos inseparable, pareja, trabajo estable —aunque lo odies— y una falsa sensación de control. Hasta que algo se rompe. Y tienes que aceptar que, para convertirte en alguien nuevo, tienes que traicionar de forma obligada a quien fuiste antes. Nada es para siempre. Ni siquiera una misma.
Oxígeno es uno de esos libros que quizá no te salvan, pero te acompañan. Te recuerdan que no estás sola cuando te encuentras a ti misma un miércoles por la tarde pensando en cuántas probabilidades hay de caerte accidentalmente a la vía del metro, ni en la angustia que te produce no poder cambiar una estantería porque el casero no quiere. Hay cosas que no son de vida o muerte, pero se sienten igual porque lo raro es vivir.
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Marta Jiménez Serrano